miércoles, 28 de octubre de 2009

Día 28: Fiesta San Simón y San Judas, apóstoles


Evangelio: Lc 6, 12-19 En aquellos días salió al monte a orar y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y de entre ellos eligió a doce, a los que denominó apóstoles: a Simón, a quien también llamó Pedro, y a su hermano Andrés, a Santiago, a Juan, a Felipe, a Bartolomé, a Mateo, a Tomás, a Santiago de Alfeo, a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y a Judas Iscariote, que fue el traidor.

Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano. Y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén y del litoral de Tiro y Sidón, que vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban curados. Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Elección de los apóstoles

Dibuja san Mateo de modo magistral el panorama de la vida del Señor con sus apóstoles y con la gente de Palestina durante su vida pública. Posiblemente lo preponderante de la situación, entonces como ahora, sea esa muchedumbre del pueblo y esos discípulos que, en gran número, estaban ahí: al alcance de la mirada, del oído, de las palabras y de los gestos del Señor. Y esperaban la santificación que procedía de la Persona de Cristo: sus palabras de estímulo y aliento para la vida y, claro está, sus milagros que les curarán de los diversos padecimientos.

En este contexto se entiende la elección de unos apóstoles, especialmente escogidos. Tanto que se mencionan uno a uno sus nombres y algún otro detalle de varios de ellos. Serían, como sabemos, quienes iban a acompañar a Jesús durante su vida pública, los que escucharían de continuo sus palabras y serían testigos reiterados de sus milagros. Los apóstoles, que ya ayudaban al Maestro en la difusión de la doctrina salvadora mientras estaba con ellos, acabarían por recibir la misión de extender por todo el mundo el Evangelio, la buena noticia de que Dios se ha hecho hombre y ha querido compartir su vida con los hombres, y hasta hacernos vivir de El.

Pero cristiano es discípulo de Cristo. Destinado por el Bautismo –y más aún por la Confirmación– a ser testigo de ese Evangelio en el mundo. Porque, hoy como ayer, ahí está esa multitud que todavía "intenta tocarle, porque sale de él una fuerza que sana a todos". Son las multitudes, de pueblos de toda raza y nación, que todavía se preguntan por el destino y sentido de sus vidas. Gentes a las que les parece muy poco ser únicamente animales sanos, sin problemas entre sus iguales, con unos horizontes de vida que no pueden trascender lo cotidiano. Satisfechos, a lo más, en este mundo, aunque este mundo termine sin esperanza.

Pero el hombre está para algo más. Para mucho más. Y hace falta escucharlo, una y otra vez si fuera preciso. Porque una ideología, que pretende reducirnos a lo terreno, presiona con fuerza, arrastra a la humanidad a la falta de trascendencia. Hace falta, asegura san Josemaría, una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia.

—Y esa cruzada es obra vuestra.

No hace falta que nos detengamos en descripciones, porque salta a la luz que, en buena parte de los medios de comunicación, se difunde una visión del hombre que termina en esta vida y que, en esta vida se trata, por consiguiente, de buscar la máxima realización humana. Así, pues, el hombre, con los medios terrenos a su alcance y según su criterio, podría alcanzar plenamente su máximo destino. Tan es así que, pensar en cualquier tipo de trascendencia de las realidades terrenas, no sólo resultaría inútil y una pérdida de tiempo y de energías en ilusiones vacías, sino que sería contraproducente, ese intento nos distraería del logro de nuestra máxima realización, que únicamente se puede dar en este mundo.

Parece claro, en todo caso, que el cristiano debe dar una respuesta, lo más convincente posible, a las insatisfacciones del hombre arrastrado por esa cultura sin Dios. Lo sabía Cristo, que dedicó bastante tiempo a adoctrinar a esa multitud de discípulos y, de modo particular, a doce apóstoles especialmente escogidos. Y "no se puede dar lo que no se tiene", y hay mucho por dar a cada uno y en muchos lugares. San Josemaría advierte: Convéncete: necesitas formarte bien, de cara a esa avalancha de gente que se nos vendrá encima, con la pregunta precisa y exigente: —"bueno, ¿qué hay que hacer?"

¿Nos sentimos elegidos –como hijos de Dios responsables de sus hermanos, los demás hombres– para la tarea inmensa y fascinante de cristianizar el mundo? Cruzada, la llamaba san Josemaría, y obra vuestra, de cada bautizado. Pero, recordemos, que "no se puede dar lo que no se tiene". Lo hemos visto claro y nos sentimos destinados a la empresa evangelizadora, la más grandiosa y noble de las tareas que podemos llevar a cabo en este mundo: colaborar con Dios en la salvación de las almas. Pero primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción. Esa es la pauta del apóstol, según el autor de Camino. Porque la oración es la fuente primera de todo apostolado y antes de todo apóstol. La fuente, pues, de la mortificación y de la acción apostólica, y de la vida del cristiano, que quiere vivir como hijo de Dios.


La Reina de los apóstoles, Madre nuestra, conduzca nuestra vida –le pedimos– para ser fieles hijos de Dios, responsables de la salvación del mundo.