sábado, 17 de diciembre de 2011


Estamos celebrando hoy el Cuarto Domingo de Adviento, el último antes de Navidad. Toda la liturgia de hoy está traspasada por la cercanía del nacimiento de Jesús, y así como el domingo pasado nos presentaba Juan Bautista, el Precursor, una de las figuras claves del Adviento, hoy nos presenta en María, la mujer encinta, a la figura culminante de este tiempo.

En el texto evangélico de hoy contemplamos en María la alegría generosa y la fecundidad única de la experiencia de fe.


La espera esperanzada

Entre las cosas hermosas que siempre podemos escuchar -y que nos abre los oídos, la mente y el corazón a muchas otras cosas- es cuando alguna mujer cuenta los diálogos silenciosos con su hijo durante los meses de embarazo. Diálogos de una íntima comunión de vida, como no hay otra; diálogos hechos de amor y esperanza, mientras llega el tiempo de tener entre los brazos al hijo, fruto de las entrañas.

Son diálogos que después se prolongaran en el tiempo, de una manera nueva, mientras el hijo va recibiendo y conquistando su autonomía para vivir su misión original en este mundo. Son diálogos que establecen para siempre la unión única entre la madre y el hijo.

La espera esperanzada de la mujer que va a dar a luz es el gran signo del Adviento: María que espera el nacimiento de la criatura que vive en sus entrañas. Esta es, también, la espera de toda la Iglesia en este tiempo.


La espera activa

El relato evangélico de hoy nos presenta a María que con el Niño en sus entrañas parte decidida en una misión de servicio a su prima Isabel.

María que va hacia Isabel es portadora de Jesucristo en su misión de servicio. Aquel que luego dirá que no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos (Mc 10, 45), aprendió ya a recorrer su camino de Siervo en el vientre de su Madre que presurosa acude a quien la necesita.

María, figura de la Iglesia, en la visita a su prima Isabel nos muestra con claridad aquello de que la necesidad es la dueña del servicio, y que éste no puede ser determinado desde nosotros mismos, sino desde las necesidades de los demás y del mundo.

Así también, nosotros, como Iglesia estamos llamados a vivir en una espera activa, que no se repliega en la desconfianza ni en las propias necesidades, sino aprendiendo a acoger los llamados que brotan de nuestro mundo y saliendo presurosos a servirle, llevando a Jesucristo al corazón de las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.


Creerle a Dios

El encuentro de las dos mujeres -María e Isabel- que esperan el nacimiento de las criaturas que viven en sus entrañas -Jesús, una; Juan el Bautista, la otra- nos muestra como el Espíritu pone de manifiesto la presencia y acción salvadora de Dios en medio de las sencillas realidades de este mundo que, aparentemente, no tienen nada de especial.

La exultación de Isabel es alabanza de la fe de María, por la que concibió al Hijo en su seno. María es la que ha creído lo que Dios le ha dicho -por inimaginable y complicado que ello fuera- y se ha fiado de Dios, consintiendo a su Palabra y colaborando así en la obra de salvación.

En este último domingo de Adviento, próxima ya la celebración de Navidad, contemplaremos a María como la persona más fecunda y eficaz de toda la historia, pues es la que trae a Jesucristo a nuestro mundo. Contemplaremos en María la eficacia de la Palabra de Dios cuando ella es acogida con fe y consentimos a colaborar con ella. Pidamos esta gracia de creerle a Dios y fiarnos de Él, para nosotros y para toda la Iglesia: allí, en nuestra respuesta de fe, Dios quiere regalarnos una fecundidad insospechada al realizar su plan de salvación para toda la humanidad.