domingo, 11 de septiembre de 2011

El Papa en Ancora



Al presidir hoy la Misa de clausura del 25° Congreso Eucarístico Nacional italiano, el Papa Benedicto XVI explicó que "la historia nos demuestra, dramáticamente, cómo el objetivo de asegurar a todos desarrollo, bienestar material y paz, prescindiendo de Dios y de su revelación, termina siendo un dar a los hombres piedras en lugar de pan".

En el Astillero Naval de Ancona y ante miles de fieles presentes, el Santo Padre meditó sobre el pasaje del Evangelio que afirma "¡Esta palabra es dura! ¿Quién puede escucharla?", dicho de los apóstoles ante el discurso del pan de vida de Cristo.

Esta manera de reaccionar, dijo, "no está muy alejada de nuestras resistencias frente al don total que Él (Cristo) hizo de sí mismo" ya que "recibir verdaderamente este don quiere decir perderse a sí mismo, dejarse involucrar y transformar, hasta llegar a vivir de Él".

"‘¡Esta palabra es dura!’; es dura porque muy seguido confundimos la libertad con la ausencia de vínculos, con la convicción de poder hacer por nosotros mismos, sin Dios, visto como un límite a la libertad".

Según señala la nota de Radio Vaticana, el Papa indicó que esta actitud de los hombres es "una ilusión que no tarda en volverse desilusión, generando inquietud y miedo y llevando, paradójicamente, a añorar las cadenas del pasado: ‘Ojala hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto…’ decían los judíos en el desierto, como hemos escuchado".

"En realidad, sólo en la apertura a Dios, en la acogida de su don, llegamos a ser verdaderamente libres, libres de la esclavitud del pecado que desfigura el rostro del hombre, y capaces de servir al verdadero bien de los hermanos".

"‘¡Esta palabra es dura!’; es dura porque el hombre cae muchas veces en la ilusión de poder transformar las piedras en pan. Después de haber puesto aparte a Dios, o haberlo tolerado como una elección privada que no debe interferir en la vida pública, ciertas ideologías han apuntado a organizar la sociedad con la fuerza del poder y la economía".

Seguidamente Benedicto XVI precisó que "la historia nos demuestra, dramáticamente, cómo el objetivo de asegurar a todos desarrollo, bienestar material y paz, prescindiendo de Dios y de su revelación, termina siendo un dar a los hombres piedras en lugar de pan".

El pan, explicó "es ‘fruto del trabajo del hombre’, y en esta verdad se encierra toda la responsabilidad confiada a nuestras manos y a nuestro ingenio; pero el pan es también, y primero aún, ‘fruto de la tierra’, que recibe de lo alto el sol y la lluvia: es don para pedir, que nos quita toda soberbia y nos hace invocar con la confianza de los humildes: ‘Padre (…), danos hoy nuestro pan de cada día’".

El Papa señaló luego que "el hombre es incapaz de darse a sí mismo la vida, él se comprende sólo a partir de Dios: es la relación con Él la que le da consistencia a nuestra humanidad y hace buena y justa nuestra vida".

"Es sobre todo el primado de Dios que debemos recuperar en nuestro mundo y en nuestra vida, porque es este primado el que nos permite reencontrar la verdad de lo que somos, y es en el conocer y el seguir la voluntad de Dios que encontramos nuestro verdadero bien. Dar tiempo y espacio a Dios, para que sea el centro vital de nuestra existencia", afirmó.

"¿De dónde partir, como de la fuente, para recuperar y reafirmar el primado de Dios? De la Eucaristía: que Dios se hace así cercano de modo que es nuestro alimento, Que Él se hace fuerza en el camino a menudo difícil, que se hace presencia amiga que transforma".

Jesús, recordó el Papa, se entrega libremente por todos en la Cruz, "así la muerte de Cristo no se reduce a una ejecución violenta, es transformada por Él en un libre acto de amor, de auto-donación, que atraviesa victoriosamente la misma muerte y ratifica la bondad de la creación que salió de las manos de Dios, humillada por el pecado y finalmente redimida".

"Este inmenso don –aseguró Benedicto XVI– es accesible para nosotros en el Sacramento de la Eucaristía: Dios se dona a nosotros, para abrir nuestra existencia a Él, para involucrarla en el misterio de amor de la Cruz, para hacerla partícipe de del misterio eterno del que provenimos y para anticipar la nueva condición de la vida plena en Dios, en la espera de la cual vivimos".